La tragedia de San Juanico en 1984 dejó una herida que jamás terminó de cerrar en la memoria de Tlalnepantla. Las explosiones, el fuego y los cientos de muertos marcaron para siempre a quienes vivieron aquella madrugada.
Pero con los años también comenzaron a surgir historias más oscuras.
En el antiguo cementerio donde fueron enterrados muchos cuerpos sin identificar, algunos aseguran haber visto sombras entre la neblina, escuchado gritos bajo la tierra y percibido el inconfundible olor a gas en plena madrugada.
Quizá sólo sean leyendas nacidas del dolor.
O quizá, en San Juanico, todavía hay muertos que siguen buscando que alguien recuerde quiénes fueron.

Hay tragedias que desaparecen con los años.
La gente deja de hablar de ellas. Las calles se reconstruyen. El ruido de la ciudad termina cubriendo los recuerdos hasta volverlos apenas una sombra.
Pero hay otras desgracias que parecen quedarse atrapadas en ciertos lugares, como si algo de lo ocurrido jamás hubiera logrado marcharse del todo.
Eso es lo que muchos todavía dicen de San Juan Ixhuatepec.
Cada noviembre, cuando las madrugadas se vuelven más frías y la neblina comienza a bajar desde los cerros, algunos habitantes aseguran que el olor a gas regresa por momentos. Un olor pesado, metálico, inconfundible para quienes vivieron las explosiones de 1984.
Aparece sin razón.
Sin fugas.
Sin incendios.
Y cuando sucede, los perros comienzan a ladrar hacia la oscuridad.
Fue precisamente una de esas historias la que terminó obsesionando a Julián Ortega, un fotógrafo que a principios de los años dos mil colaboraba en la elaboración de un archivo histórico sobre Tlalnepantla. Su trabajo consistía en recorrer barrios antiguos, edificios olvidados y cementerios para documentar lugares relacionados con hechos importantes de la región.
Julián no creía en fantasmas.
Había escuchado demasiadas leyendas durante años como para tomarlas en serio.
Sin embargo, existía un tema que siempre parecía incomodar incluso a la gente más escéptica cuando salía en conversación: las fosas comunes de San Juanico.
Muchos cuerpos recuperados tras las explosiones jamás pudieron identificarse. Algunos quedaron irreconocibles por el fuego. Otros simplemente desaparecieron entre el caos de aquellos días. Y aunque oficialmente todo había quedado atrás, en voz baja seguían circulando historias sobre el viejo panteón donde fueron enterrados.
Veladoras encendidas solas.
Gritos durante la madrugada.
Sombras caminando entre las tumbas en noviembre.
Julián escuchó aquellas historias decenas de veces antes de decidir visitar el cementerio.
La oportunidad llegó durante el invierno de 2003.
Un viejo velador aceptó dejarlo entrar antes del amanecer para tomar fotografías de la zona donde descansaban muchos de los muertos de San Juanico. Según el anciano, la neblina de esa hora hacía que el lugar “se viera como realmente era”.
Julián llegó poco después de las cuatro de la mañana.
La humedad cubría las tumbas y el aire helado apenas dejaba ver los pasillos entre las lápidas. A lo lejos se escuchaba el ruido constante de la autopista, pero dentro del panteón el silencio era tan profundo que parecía absorber cualquier sonido.
El velador apenas habló con él.
Sólo levantó una lámpara vieja y señaló hacia el fondo.
—Por allá están los de San Juanico —murmuró—. Nomás no se quede cuando amanezca oscuro.
Julián alcanzó a sonreír.
La frase le pareció absurda.
Pero conforme avanzó entre las tumbas comenzó a sentir una incomodidad difícil de explicar.
Había demasiadas lápidas sin nombre.
Sólo fechas.
Noviembre de 1984.
Filas completas.
Algunas tumbas ni siquiera tenían cruz, apenas pequeños montículos de tierra endurecida por el tiempo.
Entonces apareció el olor.
Gas.
Primero leve.
Después intenso.
Tan fuerte que Julián levantó la cámara y comenzó a buscar alrededor pensando que habría una fuga cercana.
Fue en ese momento cuando sintió el calor.
Un calor extraño.
Impropio de aquella madrugada helada.
Como si debajo del cementerio existiera algo encendido desde hacía décadas.
Y entonces escuchó el primer grito.
Una mujer.
Lejano.
Desgarrador.
Luego otro.
Y otro más.
En pocos segundos parecían decenas.
Julián se quedó inmóvil al darse cuenta de algo aterrador: los sonidos no venían del exterior.
Venían de abajo.
De las tumbas.
Retrocedió lentamente mientras la neblina comenzaba a moverse entre las lápidas formando figuras humanas.
Personas caminando.
Arrastrándose.
Algunas parecían completas.
Otras no.
Había cuerpos ennegrecidos, piel desprendiéndose como ceniza húmeda, rostros deformados por quemaduras imposibles. Una mujer avanzaba abrazando algo contra el pecho hasta que la neblina permitió distinguir el pequeño cuerpo carbonizado de un bebé.
Ninguno caminaba normalmente.
Todos parecían atrapados en el instante exacto del incendio.
Tropezaban.
Se retorcían.
Como personas buscando desesperadamente escapar de las llamas.
El olor a carne quemada llenó el aire.
Julián apenas alcanzó a apoyarse sobre una tumba antes de vomitar.
Quiso correr hacia la entrada, pero el cementerio parecía distinto. Más largo. Más oscuro. Los pasillos ya no coincidían con el camino por donde había llegado.
Entonces escuchó los pasos.
Miles de pasos detrás de él.
Cuando volteó, vio una multitud avanzando lentamente entre la neblina.
Hombres.
Mujeres.
Niños.
Muchos seguían ardiendo.
Las llamas brotaban de sus cuerpos sin consumirlos por completo.
Y todos tenían el mismo vacío oscuro en lugar de ojos.
La multitud avanzaba mientras un murmullo comenzaba a extenderse entre las tumbas.
—¿Ya nos encontraron?
La frase se repetía una y otra vez.
Cada vez más cerca.
—¿Ya nos encontraron?
Julián sintió cómo las piernas dejaban de responderle.
Intentó rezar.
No pudo recordar una sola oración.
Entonces lo vio.
Entre la multitud apareció un hombre completamente calcinado sosteniendo varias fotografías derretidas entre las manos.
Las fotografías que Julián acababa de tomar.
El hombre se detuvo frente a él.
El aire alrededor olía a gas y ceniza.
Cuando habló, su voz sonó como una fuga escapando de una tubería rota.
—Nos enterraron antes de saber quiénes éramos.
Después levantó lentamente una mano ennegrecida y señaló hacia el suelo.
La tierra comenzó a moverse.
Primero despacio.
Luego violentamente.
Las fosas se abrieron una tras otra mientras decenas de manos carbonizadas emergían desde abajo.
Brazos quemados.
Rostros deformados.
Cuerpos enteros intentando salir de la tierra.
Julián jamás pudo explicar cómo logró escapar del cementerio.
El velador lo encontró inconsciente junto a la entrada cuando amaneció. Tenía pequeñas quemaduras en las manos y el cuello, como si hubiera estado demasiado cerca de un incendio.
Pero lo peor ocurrió días después.
Cuando reveló las fotografías.
En varias imágenes aparecían figuras humanas que jamás estuvieron ahí mientras él tomaba las fotos.
Sombras caminando entre las tumbas.
Personas envueltas en fuego observando directamente hacia la cámara.
Y en la última fotografía…
aparecía un niño completamente carbonizado parado detrás de Julián.
Sonriendo.
Desde entonces, el fotógrafo nunca volvió a acercarse al cementerio durante noviembre.
Porque entendió algo que todavía hoy sigue repitiendo cada vez que alguien menciona San Juanico.
Que hay muertos que descansan en paz.
Y otros que siguen buscando que alguien recuerde quiénes fueron antes del fuego.



