Entre los cerros que rodean Santa Cecilia todavía sobreviven historias que pocos se atreven a contar. Cuevas ocultas, antiguos altares, objetos abandonados y rumores sobre rituales perdidos forman parte de la memoria silenciosa del Cerro del Pilar, un lugar donde la realidad y lo inexplicable parecen mezclarse entre piedra, humo y oscuridad.
Lo que comenzó como una simple exploración scout en el año 2004 terminó revelando algo mucho más inquietante: una cueva olvidada, objetos de posible origen novohispano y un hallazgo que, hasta hoy, sigue dejando preguntas sin respuesta.
Esta es una de esas historias que parecen leyenda… hasta que alguien las vive.

En el año 2004, junto con un grupo de amigos scouts, formamos un pequeño club de “trepacerros”. Nuestra idea era sencilla: recorrer y mapear todas las cuevas del Cerro del Pilar, el más accesible desde Santa Cecilia. Lo que empezó como una aventura de fines de semana terminó convirtiéndose, sin que lo supiéramos, en una experiencia difícil de olvidar.
Después de casi un mes subiendo entre piedras, nopaleras y senderos apenas marcados, finalmente encontramos las famosas cuevas del cerro, eran tres.

Solo una podía verse a simple vista. Las otras dos permanecían ocultas más arriba, detrás de una pared de roca de unos cinco metros que obligaba a escalar o subir con ayuda de una escalera improvisada. Desde abajo parecían simples grietas oscuras en la montaña, pero al acercarse se sentía algo extraño… como si el lugar hubiera esperado mucho tiempo sin ser molestado.

Al subir, encontramos una oquedad amplia, con las paredes negras por capas de hollín acumuladas durante años, quizá décadas. Los viejos del rumbo decían que antes había pinturas rupestres allí dentro, aunque para entonces ya no quedaba rastro de ellas. Solo piedra quemada, humo impregnado y silencio.

A un lado, debajo de una enorme grieta en la roca, había un estrecho pasillo que parecía no conducir a ninguna parte. De hecho, la entrada resultaba tan cerrada que daba la impresión de estar bloqueada. Pero después de avanzar apenas unos metros, el espacio se abría de golpe hacia una cueva mucho más grande que la principal.

Yo fui el primero en entrar.
Recuerdo perfectamente el momento en que levanté la lámpara y lancé el haz de luz hacia el fondo.
La grieta superior dejaba pasar apenas un poco de claridad. Las paredes estaban completamente ennegrecidas, como si cientos de fogatas hubieran ardido allí durante años. En el centro había una gran roca plana, parecida a un altar. Sobre ella descansaban restos de cirios derretidos, plumas de
aves y semillas.
En medio del altar había un atado cubierto con piel de cocodrilo. Dentro descansaban tres cuchillos antiguos. Dos tenían mangos hechos con lo que parecían cuernos de cabra; el tercero, colocado al centro, tenía un mango de madera tallado con una figura humanoide. A un lado, acomodados en un corte recto de la roca, había dos libros de cubiertas de piel casi deshechas por el tiempo. Cuando intentamos abrirlos, las hojas se desmoronaban entre los dedos; la tinta había desaparecido casi por completo.
También había vasijas de barro rotas, pequeños objetos colocados en huecos de la pared y restos de algo que parecía haber sido abandonado a toda prisa… o dejado allí deliberadamente.

Tomé el atado de cuchillos y me lo llevé a casa.
Con el tiempo pude revisarlo con más calma. Ninguno de los cuchillos tenía filo. Los grabados eran extraños y desgastados, y la cabeza tallada en el mango central tenía una expresión difícil de describir. Varios especialistas que llegaron a verlo coincidieron en algo: posiblemente era un objeto novohispano relacionado con algún tipo de culto. Nada raro, decían, porque en esos cerros es común encontrar altares, ofrendas y sitios utilizados para rituales de toda clase… incluso algunos dedicados a Satanás.






Con los años dejamos de subir al Cerro del Pilar. La vida fue llevando a cada quien por su camino y aquellas exploraciones quedaron como un recuerdo extraño de juventud. Pero todavía conservo algunas fotografías, notas y objetos encontrados en aquellas cuevas.
Y hay algo más.
Tiempo después de llevarme aquel atado comenzaron a ocurrir cosas difíciles de explicar dentro de mi casa. Nada espectacular al principio: ruidos leves en la madrugada, el olor repentino a humo apagado, sombras que parecían quedarse quietas demasiado tiempo en los pasillos.
Hasta que una noche descubrí que uno de los cuchillos ya no estaba en el lugar donde lo había guardado.



