La historia detrás de la Sor Juana de Tlalnepantla (y cómo empezó como un juego)

Este texto nace de un hilo que publiqué en X el 16 de agosto de 2023, donde conté, casi de forma casual, una anécdota muy personal sobre la escultura de Sor Juana en Tlalnepantla. Hoy lo retomo y lo reescribo con más calma, dándole forma de historia, para compartirlo mejor con ustedes:

Ver hilo original


Bueno… les voy a contar una anécdota muy personal con la escultura de Sor Juana Inés de la Cruz que está en Tlalnepantla.

Un poco de contexto:
La escultura monumental de Sor Juana fue obra de la reconocida escultora Rosa María Ponzanelli Quintero, una artista cuyo trabajo dejó huella en todo México y en varios países de Latinoamérica. Falleció en 2022, dejando un legado enorme.

Yo conocí a Rosa María en 1993. En ese entonces, mi compañero de licenciatura, Alejandro Alvarado, era novio de su hija Janina Ramírez. Un día, saliendo de clases, fuimos a su casa en Coyoacán. Yo acababa de trabajar haciendo reproducciones de piezas arqueológicas, y eso hizo que conectara muy bien con la escultora. Desde ese primer encuentro nació una amistad muy especial. Mientras mi amigo estaba con su novia, yo podía pasar horas aprendiendo con ella.

Tiempo después, Alejandro se ofreció a llevar material al taller familiar de escultura, en Santa Úrsula. Ahí conocí a Valerio, sobrino de Rosa María y encargado del taller. En ese momento, Valerio tenía el encargo de hacer el modelo en plastilina de “una Sor Juana”… pero lo único que había era una masa sobre la mesa. Llevaba dos semanas sin empezar. Según él, no tenía idea; en realidad, no tenía muchas ganas.

Entonces surgió la ocurrencia.

En un rincón había una figura femenina sin brazos ni cabeza. Alejandro propuso usarla como base y “vestirla” de monja. Y así, entre risas, comenzamos a cubrirla con plastilina. Durante una semana estuvimos yendo y viniendo al taller, llevando material, ajustando detalles, jugando un poco con la forma… hasta que terminamos nuestra versión de Sor Juana.

Alejandro modeló un brazo con manga, yo hice el otro… y sí, quedaron desproporcionados. Uno con pliegues extraños, el otro más liso. También colocamos una especie de placa al frente del hábito y usamos un billete de mil pesos de aquella época para copiar el medallón. En pocos días, dejamos lista la figura para que Valerio la “terminara”.

La verdad, todo había empezado como una broma. La figura base era bastante caderona y tenía una postura peculiar, como si fuera a cargar algo. Eso hizo que el vestido quedara muy marcado al cuerpo. Era más una forma de provocar a Valerio para que se pusiera a trabajar… que un proyecto serio.

Pero aquí viene lo inesperado.

Un año después, en 1994, ya egresados de la licenciatura, se inauguró la nueva escultura de Sor Juana en Tlalnepantla. Y cuál fue la sorpresa: era prácticamente la misma figura que habíamos hecho nosotros. Solo definieron mejor el rostro, añadieron el rosario… pero incluso el libro abierto —ligeramente deforme, con una mitad más larga que la otra— quedó tal cual.

Lo más probable es que, cuando Rosa María revisó el modelo, Valerio —en su momento de flojera— le mostró nuestra “obra”, hicieron algunos ajustes… y de ahí pasó a producción.

Con el tiempo, perdí contacto con ellos. Alejandro y Janina terminaron su relación, y la vida siguió su curso.

Años después, en 2015, visité la Casa de la Cultura Sor Juana en Tlalnepantla. Y ahí estaba otra sorpresa: el modelo en plastilina que hicimos Alejandro y yo estaba en exhibición. La propia escultora lo había donado. Y si uno se acerca, todavía se alcanzan a ver las iniciales “HV” y “AA” que dejamos en la manga derecha cuando la terminamos.

Por supuesto, la obra monumental de Rosa María Ponzanelli es sólida, definida y muy bien lograda. No tiene comparación con aquel modelo improvisado, medio deforme, que hicimos entre risas.

Pero también es cierto que esa pequeña pieza fue el punto de partida… y ella fue quien la llevó a su verdadera dimensión, en bronce y a gran escala.

Hoy, cada quien está en su camino:
Alejandro vive en Cozumel y es un gran ingeniero; Valerio, dicen, ya dejó atrás aquella flojera; y Janina ha construido su propia vida, recordando con cariño a su madre.

Y así termina esta historia, medio accidental, medio entrañable, sobre la Sor Juana de Tlalnepantla y Rosa María Ponzanelli.

En otra ocasión les cuento algo igual de interesante: la relación entre su padre, Octavio Ponzanelli, y mi abuelo, Ricardo Villafuerte, con la construcción del Palacio de Bellas Artes y la Suprema Corte de Justicia de la Nación.


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