La Sombra que No Parpadea

Hay momentos en los que la realidad se rompe sin hacer ruido.
No con un golpe, no con un grito… sino con algo mucho más sutil.
Una sensación.
Esa pequeña grieta en lo cotidiano que al principio ignoras, pero que poco a poco empieza a crecer, hasta que ya no puedes hacer como si no estuviera ahí.
Porque hay cosas que no llegan de golpe…
hay cosas que simplemente aparecen, se quedan…
y esperan.
A veces no necesitas verlas para saber que están.
A veces basta con sentirlas… justo detrás de ti.
Y cuando por fin decides voltear…
ya es demasiado tarde.


La Sombra que No Parpadea

No recuerdo en qué momento empezó.

No hubo un primer susto.
No hubo un aviso.

Solo… la sensación.

Esa incomodidad leve que aparece sin razón, como cuando sientes que alguien te observa aunque no haya nadie cerca.

Iba caminando por la calle, una tarde cualquiera. La colonia estaba como siempre: gente pasando, autos a lo lejos, voces que se mezclaban con el ruido cotidiano. Todo parecía normal.

Pero algo no lo era.

Lo sentí en la nuca.

Un frío delgado… persistente.

Seguí caminando, tratando de ignorarlo.
Me dije que era el viento, que era el cansancio, que era mi mente jugando conmigo.

Hasta que no pude más.

Volteé.

No había nadie.

Solo la calle vacía detrás de mí… y una sombra.

Al principio no me pareció extraña.
Las sombras están en todas partes.

Pero esta…

Esta no correspondía a nada.

No había objeto que la proyectara.
No había poste, ni persona, ni árbol.

Era una mancha oscura… más oscura que cualquier otra sombra.
Como si absorbiera la luz en lugar de proyectarla.

Y estaba… quieta.

Mirándome.

Sentí un vacío en el estómago.

Giré de nuevo, tratando de restarle importancia, pero el ritmo de mis pasos cambió sin darme cuenta. Caminaba más rápido.

El frío en la nuca no se fue.

Al contrario… creció.

Volví a mirar.

La sombra ya no estaba donde antes.

Estaba más cerca.

No había sonido.
No había pasos.

Solo… cercanía.

El aire se volvió pesado.

Seguí caminando, ahora con prisa, con el corazón acelerándose poco a poco, sin querer admitir lo que estaba pasando.

Otra vez volteé.

Más cerca.

Siempre más cerca.

Y entonces lo entendí:

No estaba en el suelo.

Se elevaba.

Tenía forma… aunque no definida.

Como si algo tratara de ser humano… pero no lo lograra del todo.

Sentí el primer escalofrío recorrerme la espalda.

Ese que no es frío normal…
ese que parece venir desde adentro.

Apreté el paso.

La calle empezó a sentirse más larga.

Las casas, más lejanas.

La gente… desapareció.

No recuerdo en qué momento dejé de ver a los demás.

Solo estábamos… la sombra y yo.

Volteé una vez más.

Ya estaba demasiado cerca.

No tenía rostro.

No tenía ojos.

Pero sabía que me estaba viendo.

Que me estaba siguiendo.

Que no pensaba detenerse.

Corrí.

No lo pensé. No lo dudé.

Corrí con todo lo que tenía, sintiendo el corazón golpeando contra mis costillas, el aire entrando a medias, la ansiedad subiendo como una ola.

No miré atrás.

No quise hacerlo.

Sabía que si lo hacía… ya no habría distancia.

Mi casa apareció al final de la calle como un refugio.

Como una salvación.

Subí los escalones casi tropezando, saqué las llaves con manos temblorosas y abrí la puerta de golpe.

Entré.

Cerré.

Giré la llave.

El silencio.

Ese silencio… pesado.

Me apoyé contra la puerta, tratando de recuperar el aliento.

Esperé.

Un segundo.
Dos.
Tres.

Nada.

Me atreví a voltear hacia la calle por la ventana.

No había nada.

Ni sombra.
Ni movimiento.
Ni rastro.

Solo la noche comenzando a caer.

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Ya pasó… —susurré, más para convencerme que para afirmarlo.

Encendí las luces.

Recorrí la casa.

Cada cuarto.

Cada rincón.

Nada.

Todo en su lugar.

Todo normal.

Pero algo… no se sentía normal.

Era como si la casa estuviera… conteniendo algo.

Como si esperara.

Sacudí la cabeza, tratando de romper esa sensación.

Era absurdo.

Solo había sido mi mente.

El estrés. El cansancio.

Nada más.

La noche avanzó.

El silencio se volvió más profundo.

Me fui a mi cuarto.

Apagué la luz.

Me acosté.

Y durante unos segundos… todo estuvo en calma.

Hasta que abrí los ojos.

No sé por qué lo hice.

Pero lo hice.

Y allí estaba.

Frente a mí.

De pie.

A un lado de la cama.

Más oscuro que la oscuridad del cuarto.

Inmóvil.

Observándome.

El aire se me atoró en la garganta.

Quise moverme.

No pude.

Mi cuerpo no respondió.

Quise hablar.

No salió nada.

La sombra se inclinó.

Lentamente.

Como si el tiempo se hubiera vuelto espeso.

Como si disfrutara cada segundo.

Se acercó más.

Sentí el frío antes de tocarme.

Un frío profundo… que atravesaba la piel.

Y entonces…

se lanzó.

Cayó sobre mí.

No tenía peso… pero me aplastaba.

No tenía manos… pero me sujetaba.

No tenía rostro… pero estaba sobre el mío.

Sentí cómo el aire desaparecía.

Mi pecho no subía.

No podía respirar.

Abrí la boca… desesperado… pero no entraba nada.

Nada.

La presión aumentó.

Mi corazón se descontroló.

El miedo se volvió absoluto.

Pensé que ahí terminaba todo.

Que no iba a despertar.

Que eso… era real.

Que siempre lo había sido.

Y justo cuando el último aliento estaba por irse—

desperté.

Con un golpe seco de aire entrando a mis pulmones.

Me incorporé de golpe.

Sudando.

Temblando.

Desorientado.

Miré el cuarto.

Vacío.

Silencioso.

Seguro.

O eso parecía.

Pero el pecho aún dolía.

La respiración aún era torpe.

Y en la esquina del cuarto…

por un instante…

creí verla.

Sin moverse.

Sin parpadear. Esperando.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio