Los Manuscritos del Túnel Azul

No todos los sueños se disuelven al despertar. Algunos se quedan adheridos al cuerpo, como si hubieran ocurrido en un lugar real al que, por error, se nos permitió entrar. Este es uno de esos sueños.
No sé cuándo empezó exactamente ni por qué adoptó la forma de un recuerdo escolar, pero dentro de él todo era coherente, lógico, casi cotidiano… hasta que dejó de serlo. Lo que parecía una excursión inocente terminó convirtiéndose en una experiencia profunda, inquietante, cargada de símbolos y de una sensación muy clara: había cosas que no debían ser vistas todavía.
Este texto es el intento de dejar constancia de ese sueño antes de que el tiempo lo borre o lo distorsione. Un descenso a un lugar que no existe en los mapas, pero que, al menos por una noche, fue completamente real.

Los Manuscritos del Túnel Azul

Por Humberto Villafuerte Álvarez

El viaje escolar a Teotihuacan estaba saliendo perfecto.
Mis compañeros de secundaria no dejaban de bromear, de correr, de tomarse fotos con sus cámaras desechables, y de imaginar cómo habría sido vivir allí, entre pirámides y dioses.
La comida había estado deliciosa, y el maestro nos dio permiso de explorar “un ratito” antes de subir al autobús de regreso.

Fue así como dimos con la entrada de una cueva.
Estaba oculta entre matorrales, discreta, con un olor a tierra húmeda que nos llamó la atención.

Al principio nadie quería entrar.
Hubo empujones, apuestas, risas nerviosas.
Y claro… terminé siendo yo el “valiente”.

—Si pasa algo, vienes corriendo —me dijo uno de mis amigos—. Pero no te tardes.

Encendí mi lámpara y avancé.

La cueva era un pasillo largo que tragaba la luz con rapidez.
Mis pasos resonaban en las paredes húmedas, y la voz de mis amigos quedó atrás, lejos, apagándose como si el túnel se la comiera poco a poco.

Después de caminar un rato, el pasillo cambió.

A mi derecha aparecieron varias entradas.
Puertas antiguas, arcos tallados, accesos a salas que parecían haber estado ocultas por siglos.

Me asomé al primer cuarto: era enorme, vacío, con un charco de agua que reflejaba mi luz como un espejo tembloroso.
El segundo salón era similar, aunque más largo.

Pero el tercero…

El tercero era distinto.

Cuando asomé la cabeza, vi que estaba lleno de objetos.
Había mesas de piedra cubiertas con mantas ennegrecidas, como si alguien hubiera querido ocultarlo todo y al mismo tiempo preservarlo.

Fue entonces cuando noté la luz.

Una luz fosforescente azul, suave pero suficiente para ver sin la lámpara. Salía de las paredes mismas, como si la cueva respirara un resplandor sobrenatural. Apagué la linterna, fascinado.

Caminé hasta la primera mesa y tiré de una de las mantas.

Debajo de ella descubrí varias cajas de piedra prehispánicas, hermosamente grabadas con mariposas estilizadas al modo teotihuacano. Abrí una.

Mi corazón dio un brinco.

Dentro había códices.
Códices enteros.
Escritos en amate y piel curtida, con pigmentos rojos, blancos y azules delineados en negro.
Las figuras danzaban ante mis ojos: dioses, animales sagrados, calendarios desconocidos, escenas de rituales, símbolos que jamás había visto.

Había también esculturas de piedra, pequeñas piezas de oro, mascarillas antiguas… un tesoro arqueológico imposible.
Un descubrimiento capaz de reescribir la historia.

Estaba maravillado cuando una voz inundó la sala.

No venía de un punto específico.
Venía de todas partes.
Del techo, del suelo, de las paredes.

Era un idioma extraño, antiguo, pero en ese instante yo lo entendía con una claridad aterradora:

—No es tiempo de revelar esto al mundo.
—Nosotros te avisaremos cuando llegue el momento adecuado.

Sentí que la sangre se me helaba.

Un escalofrío subió por mi espalda y apagué instintivamente la lámpara —aunque no la necesitaba.
Di un paso hacia atrás.
Otro.
Y de pronto eché a correr.

Me lancé al pasillo, pero apenas di unos metros cuando las paredes comenzaron a cambiar.

Brazos emergieron de la roca.
Brazos largos, oscuros, delgados, que se estiraban tratando de atraparme.
Los dedos rozaron mi playera, mi cuello, mis brazos.
Corrí más rápido, pero el túnel se alargaba y alargaba, como si no quisiera soltarme.

Sentí el piso reblandecerse bajo mis pies.
El suelo se volvía líquido, como lodo espeso, y cada paso me costaba el doble, el triple.
El aire era gelatina.
Mi respiración, un hilo agónico.

—¡Ayúdenme! —grité—. ¡Ayúdenme, por favor!

Pero por más que corría, la salida no se acercaba.
La luz estaba allí, al fondo, pero no podía alcanzarla.
Mis manos se estiraban.
Mis piernas temblaban.
Los brazos de la pared aumentaban.
Mi desesperación crecía.
El túnel se retorcía como una serpiente viva.

Grité de nuevo, con el alma desgarrándose.

Grité hasta que el grito se convirtió en el puente entre el sueño y la realidad.

Desperté.

Mi garganta soltó un último hilo de voz, un eco del grito final.
Estaba en mi cuarto.
Empapado de sudor.
Atemorizado.
Pero vivo.
Libre por fin del túnel.

Me quedé así, respirando con fuerza, sintiendo cómo la angustia abandonaba mi cuerpo poco a poco, agradeciendo en silencio que todo hubiera sido un sueño.

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